jueves, 6 de mayo de 2010

"no es posible que una dueña toquiblanca, larga y antojuna pueda mover ni levantar pensamiento lascivo "


Don Quijote, está mohíno y señalado por las uñas de un gato, desdicha ajena, que no aneja, a la caballería andante.(Ana Queral pinta al Quijote)



No se imaginaba la dueña Rodríguez las dolorosas consecuencias de sus indiscreciones. Esta dueña también es dolorida.(Ana Queral pinta al Quijote)

Comentario al capítulo 2,38 del Quijote, segunda parte, publicado en "La acequia":
"De lo que le sucedió a don Quijote con doña Rodríguez, la dueña de la duquesa, con otros acontecimientos dignos de escritura y de memoria eterna."

Miro la pantalla de mi ordenador y veo algo que no me es desconocido. ¿Qué imagen es ésa? No es una extraña publicidad de esas que emergen en Internet, no se trata de ningún anuncio, no. ¡Es una mujer vestida monjilmente, con ropajes negros y enorme toca blanca! ¡Es doña Rodríguez, la “reverenda dueña”! ¡Está ahí dentro, como la otra vez, en la pantalla de mi ordenador! Parece que quiere decirme algo, subo el volumen y escucho una voz algo fantasmal. Me dice:

“Ruego a vuestra merced, mujer amanuense, cese su movimiento digital, sobre ese extraño artefacto y me preste atención. Conoce vuestra merced mi procedencia, vengo de ese limbo, tan aburrido, en que viven los personajes secundarios de aquel genial libro, dado a la estampa con el título de “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”. Sé que vuestra merced me concedió, anteriormente, su atención; por eso me presento, ahora, para representarle lo que pasó tras lo ya relatado. Verá vuestra merced:

Don Quijote, está mohíno y señalado por las uñas de un gato, desdicha ajena, que no aneja, a la caballería andante. Seis días lleva encamado, nadie lo ha visto; pero yo no me resisto, el llavero está a mi alcance. He de verlo y entablar amena conversación.

Me hago con la llave del aposento donde se repone el malferido don Quijote. Abro, sigilosamente, la puerta. Tal vez esté dormido y, si le despierto con brusquedad, puede echar mano a la espada y emprenderla a tajazos conmigo, confundiéndome con algún encantador follón y malandrín.

No hay por qué temer, que mi caballero permanece desvelado, pensando en sus desgracias y en el acoso de esa tontuela Altisidora. ¿He dicho mi caballero? Borre, por Dios, ese mi; un lamentable lapsus linguae, fruto de la precipitación. Decía que el caballero , a pesar de mi cautela, percibe el girar de la llave.

Y manifiesta en voz alta sus pensamientos. Cree que la alta doncella Isidora, viene a turbar su honestidad de casto doncel. ¡A forzarle, Dios no lo quiera! Tal vez, cayendo en las redes traicioneras, falte a su Dulcinea. ¡No, eso nunca!

Grabada, estampada, escondida en sus entrañas; así la siente. ¿Qué demonios tendrá la tobosana? Cebolluda labradora, dorada ninfa del Tajo, con Merlín, con Montesinos…le da igual, es suya de todas maneras. No entiendo eso, pero suena muy bien.

Abro la puerta y acaba sus enamoradas razones. Se pone de pie, en la cama, y luce una imagen fantasmal. La colcha de manto, la galocha de corona y una cabeza toda vendada. Esos bigotes tiesos y vendados podrían haber movido a risa, mas la verdad es que estoy asustada.

Espera, no hay duda, a aquella que tan impúdicamente se le ofreció, en el jardín. Me ve entrar, arrastrando mis blancas tocas, con la vela medio encendida, mis anteojos. La expresión de su rostro es la de quien ve a un fantasma. Se santigua apresuradamente.

Él medroso, yo asustada. Doy una gran voz y con el sobresalto se me cae la vela de las manos. Uy, yo me voy de aquí. Me enredo con las faldas y las tocas, vuelan los anteojos. La caída no es pequeña. Buena liebre…

Don Quijote conjura al “fantasma”, para que diga qué quién es y que quiere Si es alma en pena, le ofrece sus servicios como caballero andante, incluso en el purgatorio.

Por mi temor deduje el de don Quijote. Desolada le digo quién soy, en verdad. Me presento como doña Rodríguez, dueña de honor de la duquesa, con una necesidad de las que su merced suele aliviar.

Y, en lugar de indagar el origen de mi cuita, me pregunta si vengo “a hacer alguna tercería. ¿Me está llamando Celestina? Me hace saber que él no es para nadie, si no es para la sin par Dulcinea. Qué empecinamiento el de este hombre. Y que si olvido “todo recado amoroso”, puedo departir con él de todo lo que quiera.

Dejo el enojo que lo de la “tercería” me ha causado y contesto, reprimiéndome, que aún no soy tan vieja, para tener que dedicarme a esas actividades celestinescas. Que tengo todos los dientes y muelas, a excepción de los que se me cayeron.

Le pido que espere, mientras salgo a encender la vela, que le contaré mis cuitas, como al gran “remediador” que es. No sé si me remediará, que mi don Quijote, lo sé, tiene muy mala opinión sobre nosotras, las vituperadas dueñas. Impertinentes, fruncidas, melindrosas, inútiles para el humano regalo…eso es lo que opinan por ahí.

Si para tan poco servimos ¿por qué no colocan una dueña de bulto, una estatua, en sus salas, para dar autoridad? Labrar y callar.

Cuando vuelvo al aposento, con la vela, encuentro levantado al arañado caballero. No me parece “honesta señal” el verlo levantado, temo por mi seguridad y así se lo hago saber.

Me responde, irritado, que él mismo se pregunta si está seguro, si no corre el riesgo de ser”acometido y forzado”. ¿Un varón hablando como una indefensa doncellita?

Le pregunto a quién pide esa seguridad, Me contesta que es a mí a quién la demanda, porque ni él es de bronce, ni yo soy de mármol. Es más de medianoche y estamos en una estancia cerrada.

Pero, al fin, confía en su “continencia y recato”, así como en mis “reverendísimas tocas”.

En esto, inicia una singular ceremonia. Ambos besamos nuestra mano derecha para, a continuación, asir la del otro. ¡Si alguien nos viera de esta guisa!

Mi recatadísimo caballero se entra en el lecho, se acurruca y se cubre hasta el cuello. Yo me siento en una silla algo desviada de la cama, por si acaso...es un hombre, al fin y al cabo.

Nos sosegamos y me da licencia para contar mis cuitas. Me asegura que me escuchará con “castos oídos” y me socorrerá con “piadosas obras”. Así lo creo y comienzo con lo mío. Desbucho:



La dueña Abejita haciendo "vainillas" o vainicas.

Comienzo presumiendo de mi limpio linaje procedente de las Asturias de Oviedo. Así es aunque me veáis en hábito de asendereada dueña, en el reino de Aragón.

Ocurrió que mis padres empobrecieron y me trajeron a la corte, de Madrid, donde me acomodaron como doncella de labor de una principal señora. Nadie como yo para hacer “vainillas y labor blanca”. Todo el día de Dios sacando hilos…

Pronto fui una criadita huérfana, sometida a un duro trato y a un mísero salario. En ese tiempo se enamoró de mí un escudero de casa, hidalgo como montañés que era y ya mayorcito. Tras tratarnos secretamente, nos casamos católicamente. Nació mi hija y, poco tiempo después, murió mi esposo a consecuencia de un desgraciado accidente. Lloro recordando mi desgracia.

Mi montañés era el que llevaba a mi señora a las ancas de una negrísima mula, por las calles madrileñas. Pero un día, mi señora, doña Casilda le clavó un alfiler en todos los lomos, por empeñarse en dar la vuelta, sin su permiso, para acompañar a un alcalde de corte, el cual venía en dirección contraria. El sobresalto fue tan grande que dio con la de las ancas en el suelo, tras el aguijonazo.

Su excesiva cortesía fue divulgada y comentada con muchas risas, incluso los muchachos se burlaban de él. Por esto y por corto de vista, mi ama, Casilda, la que no era duquesa, lo despidió y, al poco tiempo, murió de pesar.

En la anterior visita a vuestra merced, mujer amanuense, convertí a mi difunto en soldado caído, en los Viejos Tercios. Ruegole perdone mi falta, quedaba más heroico morir al servicio del Emperador que hacerlo de pesadumbre, sin ocupación y siendo el hazmerreír de la chiquillería.

Quedé viuda desamparada y con una hija, de creciente hermosura. Mi señora, la duquesa, esta sí lo era, me llevó consigo a este reino de Aragón, movida por mi buena fama como costurera. Aquí creció mi hija con sus donaires: canta, danza, baila, lee, escribe, cuenta y más limpia, no la hay. Dieciséis años, cinco meses, tres días…creo que tiene. Soy precisa, incluso, en la inseguridad.

¿Qué pasó con mi bella niña? Pasó que un labrador riquísimo se enamoró de ella, la burló y faltó a su promesa de matrimonio. No sé dónde estaría yo cuando se juntaron...pero lo hicieron.

Mi señor, el duque, lo sabe puesto que me he quejado a él, muchas veces. Sólo le pido que le mande casarse con mi niña. Pero “hace orejas de mercader”, que el padre del burlador le presta dineros y es fiador de sus trampas. Incluso los grandes se endeudan…

Después de este relato, pido al caballero andante, aunque malherido y rasguñado, que deshaga el agravio, con ruegos o con armas. Enderezar tuertos, amparar a los miserables, para eso está la caballería andante. Si lo dicen los libros ¿quién va a dudar de que sea así? Huérfana es mi hija, ha de ampararla.

Le hago saber que de cuantas doncellas tiene la duquesa, no hay ninguna que le llegue a la suela de su zapato. Quiero que don Quijote sepa que” no es todo oro lo que reluce”. Le advierto que esa Altisidorilla es más presumida que hermosa, demasiado desenvuelta, poco recatada y no muy sana. Que ese aliento insufrible, de alguna enfermedad nace.

Y reconozco que soy demasiado atrevida. Aunque las paredes oyen, ahora le toca el turno a la duquesa. Don Quijote, sorprendido, me pregunta qué tiene la señora duquesa, por vida suya.

Y no me puedo callar. La hermosura duquesil, su tez tersa, sus mejillas de leche y carmín, su gallardía. ¿A quién se lo tiene que agradecer? Primero a Dios y luego a dos fuentes que tiene en las dos piernas, por donde desagua los malos humores. Humores de los que está llena. Menudo trabajo el del cirujano con su lanceta.
Don Quijote pregunta si es posible que la señora tenga “tales desaguaderos”. Lo cree, porque lo digo yo. Pero me corrige, tales fuentes, en tales lugares, en tal señora…no pueden manar humor sino ámbar líquido.

De repente, se abren de golpe las puertas del aposento. Se me cae la vela y quedamos a oscuras. Entran varias personas. Mientras uno me agarra la garganta, otro me alza las faldas y con un objeto duro se pone a darme muchos y dolorosos azotes, dejándome las posaderas en carne viva. Ay, bien conozco esas manos que se vengan de mi indiscreción. Ay, que se me ha olvidado mi humilde condición, perdón, perdón.

Don Quijote no entiende aquello y permanece mudo, en el lecho. Oye mis lamentos y teme que vayan a por él. Y, así es, porque en cuanto acaban de molerme, le destapan y le pellizcan, aunque él se defiende a puñadas. Cuando se van las fantasmas, recojo mis faldas y salgo del aposento, gimiendo mi desgracia. Dejo solo a mi caballero dolorido que, tal vez, esté pensando en algún perverso encantador. Sí, sí, encantador. Encantadoras…

Un abrazo a todos de María Ángeles Merino

Desaparezco

(Sigue)




Pedro Ojeda dijo en "La acequia":

"Abejita de la Vega vuelve a pasear por la Isla de Burgos y mostarnos a Cervantes, ahora que viene la primavera, para después irse a comer sin Pedro Recio. Después, su ordenador es asaltado por una vieja -vieja- conocida y así es cómo doña Rodríguez nos cuenta su versión de la historia, ilustrada por Ana Queral. Después publica el mensaje del Sanchico -gracias a Ele Bergón- que se ríe de las pintas de don Quijote y doña Rodíguez: bien puede afirmar que no llegarán a nada, que eran otros tiempos..."

Leer más: http://laacequia.blogspot.com/#ixzz0neOLT7Br
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Atrapados en la golosina quijotesca, Pedro. Gracias por tu comentario.

13 comentarios:

Cosmo dijo...

Antes de comentar he ido a la página de Ana Queral que tiene obras muy interesantes,estas versiones suyas del Quijote me gustan.
Menos mal que doña Rodríguez le ha dado una cierta tregua a don Quijote y le ha tratado con respeto y seriedad,aunque era mucho esperar que no aparecieran algunas a azotarla a ella y a fastidiarle con las cosquillas a él.Abrazos

Merche Pallarés dijo...

En este capítulo tiene vuesa merced mucho protagonismo... (A ver si me explica lo de la "almalafa" que dice Cide). Besotes quijotescos, M.

Pedro Ojeda Escudero. dijo...

Ya echábamos de menos a esta vieja conocida. La pobre es Sancho con faldas, me temo.

pancho dijo...

La llave como clave. DQ lleva unos cuantos días atrancado por fuera. Si realmente no quisiera ver a nadie, se abría atrancado por dentro. Esperaba visita, pero no la de la dueña.
Un abrazo.

Paco Cuesta dijo...

El allanamiento de morada tiene una justificación: desfacer el entuerto de su hija, y una consecuencia resultar apaleados.

Asun dijo...

No se yo si DQ sintió alivio o decepción cuando vio que quien había entrado en su habitación era la dueña Rodriguez y no Altisidora. Tengo mis dudas.

Besos

Merche Pallarés dijo...

¡Me ha encantado la foto de la Abejita haciendo vainica...! Ya he leido tu segunda aportación, y siento que salgas del aposento toda magullada y trasquilada. Besotes, M.

Ele Bergón dijo...

Esto no va bien para ninguno de los dos andantes.
Mi padre Sancho que estara en su Insula muerto de hambre y gobernando. Yo creo que no lo hara bien, porque cuando tienes hambre y no de tejan comer pues se te pone una leche que me imagino los desaguisados que estara haciendo.

Al larguirucho tampoco tiene nada de que alegrarses pues esta malherido, encerrado y encima se le cuela la Doña Rodriguez. ¡Ja, ja, ja! Me destornillo de risa cuando pienso en la pinta que tienen que tener los dos, queriendo, sin querer y a la vez con miedo por si ocurre algo. Es que me parto. De sobra se que estos dos no llegan a nada.

El Cervan no los tenia que haber separado porque los amigos son para estar " a las duras y a las maduras"

Choque de manos.

El Sanchico

pancho dijo...

Qué dieciséis años tan bien aprovechados los de la hija de la dueña, sabía hacer de todo, hasta lo que no debía.

No se te escapa una, lo que cuentas del marido de la dueña demuestra un conocimiento exhaustivo de tus personajes secundarios.

Excelente resumen que no se hace largo por la calidad del mismo.

Un abrazo.

Abejita de la Vega dijo...

Cosmo: Ana Queral es una buena pintora y una buena lectora del Quijote. Doña Rodríguez está ahora tan desesperada con lo de la honra de su hija, que se convierte en un Sancho con faldas, como dice Pedro. Ahora cree en la caballería andante, a pesar de que conoce el montaje.

Merche: también nosotros hubiéramos dado un par de almalafas, prendas de vestir, a cambio de ver lo que pasó en el aposento. Doña Rodríguez saquea mi ordenador...

Pedro: doña Rodríguez aprecia mucho a vuestra merced. Lo de "Sancho con faldas" me encanta.

Un abrazo, luego sigo contestando. Gracias amigos.

Abejita de la Vega dijo...

Pancho: sí, qué cuco don Quijote, espera a Altisidora, tal vez. Es verdad, no pone el tranco...
Lo del marido de la dueña no se me escapa porque fui yo la que le maté como soldado en los Tercios. Como lo que decía en este capítulo no cuadraba con el marido militar, la llamo mentirosa y ya está.

Paco: allanamiento de morada, bueno...de aposento. Es que la pobre está desesperada con la honra de su hijita.

Asún: alivio o decepción, yo tampoco lo tengo claro.

Merche: y qué vainicas las mías, bueno...las hizo mi madre cuando era joveencilla, es una especie de muestrario para un examen de labores.

Ele: ay, Sanchico que tú te mondas porque eres de otra época y no entiendes a estos viejitos.

Un abrazo, amigos y gracias por visitarme.

Manuel de la Rosa -tuccitano- dijo...

Seguramente la libido no se la despertó...la doña...sobre todo porque a él le hubiese gustado que fuera la jovencita quien llamase a su puerta...http://mislecturasdeelquijote.blogspot.com/.besos

Abejita de la Vega dijo...

Manuel: qué cuco don Quijote. LOCO, PERO NO TANTO. Un abrazo.